Hermosa.
Escribí estas líneas para expresar lo que siento por vos…
Había una vez un sapo que vivía en un pantano a poco tiempo de distancia de un castillo encantado que albergaba, según la tradición ancestral, muchísimos misterios de los más maravillosos. Una mañana de otoño y al compás del ruido de las primeras hojas caídas, el sapo, como de costumbre, salió con su alegre y característica sonrisa a caminar por los alrededores de su hogar. Claro! Luego de un rato largo de alegre caminata, llego a una ladera paradisíaca que nunca había conocido, en donde el pueblo, el cual los lugareños llamaban comarca, cantaban, reían y bebían al ritmo de la música. Era el paisaje que se veía desde las ventanas de ese castillo encantado que estaba a escasas manzanas de allí, con lo cual era hermoso a la vista de todo aquel que pasara.
Recién llegado a la “cantina comarqueña”, se sentó a beber una cerveza y disfrutar del momento, y observó entre medio de la multitud a una muchacha muy alegre bailar y reír. Lucía un aspecto tan natural y una sonrisa tan autentica que se disimulaba como una lugareña más. El sapo no podía disimular la atracción que sintió desde el primer momento en que la vio, pero el sapo también sabía que esa muchacha tan esplendida nunca se fijaría en él. Lo que no sabía el sapo es que esa tarde noche en esa comarca alejada de su pantano había conocido a la princesa del castillo.
Pasaron los meses, con ellos las estaciones, y el sapo siguió frecuentado la comarca y la cantina en pos de conocer a esa muchacha. Hasta que una tarde primaveral bajo los últimos rayos de sol
del día, se la encontró sentada a los pies de un cerro mirando como las estrellas se chocaban con el ya rosacio cielo del atardecer y se mezclaban con las enormes montañas que yacían inquitas en el fondo del horizonte. El sapo, a pesar de su timidez, pero con el coraje y lo “cabeza dura” que era, se decidió a hablarle.
Fue el atardecer más hermoso que se haya soñado en siglos. Rieron, cantaron, se conocieron. Ya entrada la noche la bella muchacha decide retornar a su hogar y el sapo, como buen caballero que era, la acompaña. Lo que no se esperaba nunca es que esa muchacha de aspecto sencillo, mas no por eso dulce, encantadora y servicial, era la princesa del castillo encantado.
Al llegar, la muchacha se despide del asombrado sapo y entra al castillo en medio de pétalos de rosas que caían desde lo más alto de una de las torres. El sapo, incrédulo, emprendió el regreso a su pantano más feliz que nunca, pero con la desazón de saber que aquella bella muchacha con la que había compartido la mejor de sus tardes, era demasiado para un pobre sapo de pantano.
Volvieron a pasar meses y estaciones, y las charlas mirando los atardeceres se hicieron cosa de todos los días. Disfrutaban mucho de la compañía del otro.
Intimidado por su aspecto y su pantano, el sapo que ya había logrado conocerla bien a la sonriente princesa, decidió visitar una hechicera con el fin de que lo convierta en un joven apuesto y sofisticado, que se mereciera estar al lado de la princesa, sin importarle que debiera dejar atrás toda su historia.
Al día siguiente, ya bajo la primera luz de una luna rodeada de las más increíbles estrellas, la alegre princesa fumaba sentada bajo el cerro esperando al sapo para compartir del maravilloso atardecer. Pero no era el sapo quien iba a llegar, sino que sería un caballero joven de vos sensual y de personalidad avasallante. La princesa sorprendida le pregunta quien es y el motivo de su inesperada aparición. Tras una larga charla la princesa decide volver a su castillo, y como buen caballero el joven la invita a acompañarla. Sorpresivamente la princesa declina la invitación y emprende sola su regreso.
Las siguientes semanas fueron de la misma manera. La bella princesa se sentaba en el mismo lugar esperando ya no solo el atardecer sino al sapo con quien pasaba las mejores tardes, pero siempre la sombra que se acercaba desde lo lejos no era del sapo, sino del joven cortés. Sin duda que de todas maneras pasaba un rato ameno y hasta se sentía atraída hacia él, pero ella todos los días tenía la esperanza de que se sentaría a ver las estrellas junto al sapo.
Una tarde de los últimos días del verano el joven apuesto la invitó a ser su prometida, a compartir una vida llena de comodidades, de lujos, de jerarquías. Al Principió la idea la sedujo y hasta lloró de emoción, pero después repensó que ella no necesitaba todas esas cosas materiales; ella necesitaba cariño, que la escuchen, que la hagan reír, que la quieran por lo que realmente es y no por su belleza Real de princesa, que pueda reír en libertad y no por compromiso, que la valoren por ser ella misma en todo momento, como lo era cuando compartía esas tardes con el sapo. Entonces fue cuando se acordó de las miles de estrellas que el sapo le había regalado, de la veces que le bajo la luna para hacerla feliz, de las rosas que le había regalado para hacerla sentir mujer, de las risas grotescas que hacían eco en la noche, y de la confianza que sentía en ese sapo que de un día para el otro había desaparecido.
Y fue entonces ahí, mientras el joven “hechizado” le recitaba un poema de palabras y rimas sofisticadas, cuando la princesa empieza a correr. El joven la alcanza y le pregunta que le pasó, a lo cual la princesa, sin dar muchas explicaciones, solo le dice: “voy a buscar a un sapo”, el joven perplejo, y sin entender demasiado, alcanza a decirle “pero si yo soy todo lo que necesitas, soy apuesto, inteligente, jerarquía…” y la princesa con un simple gesto atina a seguir corriendo en dirección al pantano donde una vez su querido sapo le había dicho que vivía. El joven también sale corriendo pero en dirección a la hechicera que lo había convertido en lo que no quería ser, y le dice que lo vuelva a convertir en sapo, con lo cual la “bruja de magia blanca” pone como condición que en cuanto se encuentre con la muchacha que lo había llevado a tomar esa decisión le diga todo lo que hizo para que lo acepte o no, de la manera en que es realmente. Lógicamente el sapo aceptó la propuesta y salió disparado hacia el pantano a buscarla, y es ahí sentada en una roca del pantano cuando la ve. Se le acerca lentamente, le toma el hombro, se miran ambos con lágrimas en los ojos y se estrechan un beso que podría haber estado cayéndose el mundo que ellos no se habrían dado cuanta, y fue cuando sucedió lo inesperado; las estrellas se agruparon formando un corazón que marcaría sus destinos.
Con amor. Tu Rey.

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